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A LOS RADICALES

A LOS RADICALES

Por: Daniela Ospina Dávila/ @DanielaOspina_

Todos los días leo una columna, un blog, un tuit, un post en Facebook en los que alguien escribe acerca de lo inviable y poco evolucionada que es la gente que está parada en una trinchera ideológica distinta al autor.

“Mamertos ridículos que quieren que seamos Venezuela, hablan de Marx y visten Adidas”…

“Nunca he conocido un uribista con tres dedos de frente, hampones y corruptos todos”…

“Enmermelada, ¿cuánto te pagan por defender el proceso de paz?”…

                                          

Ese lenguaje se volvió normal. Si alguien piensa distinto a mí es malo, bruto y casi que el anticristo, es así y punto.

Pero la vida solita va enseñando y va corrigiendo, aquí va mi historia.

En épocas pre plebiscito yo fui de esas que se creía Humberto de la Calle 24/7. Sin quererlo, resultaba hablando del proceso y de todas las razones que tenía para votar Sí en todo lado, en el almuerzo, en la oficina, en reuniones familiares, en la universidad… hasta en conversación profunda de viernes en un bar. Así de heavy era la vaina.

En cierto punto el ambiente era tan tenso que lo que inició como una discusión política acerca de la visión de país y las convicciones personales de cada persona, terminó cocinando un caldo de cultivo de insultos e improperios entre hermanos,  amigos,  vecinos, compañeros de trabajo, etc.

Mi jefe de aquel entonces es una persona totalmente opuesta a mí, su estilo de vida, la forma en la que fue criado y los principios en los que lo educaron fueron distintos a los míos, no malos, no ruines, nada de eso; distintos. Este señor X no es uribista pero estaba decidido a votar No. Y conociendo mi posición, disfrutaba ‘buscarme la lengua’, botarme una frasecita sobre lo malo que era ese acuerdo y encender la mecha. El 90% de las veces mordí el anzuelo y terminamos en disputa de media hora en la que al final toda la oficina quedaba fastidiada por escucharnos en voz alta, mientras él juzgaba mi exceso de corazón al decidir, yo su frialdad al hablar de vidas como si sólo fueran números. La cosa no pasaba de ahí, terminábamos con palabras cordiales y volvíamos al ruedo habitual de un día de trabajo.

Para mí, discutir con él no era un problema, a fin de cuentas éramos dos amigos que pensaban diferente, pero que entre bromas y verdades podían sentarse a hablar. Lo que me generaba conflicto era que la pugna alcanzara al comunicador de la empresa, un man uribista confeso, muy querido, pero muy uribista.

En cierta ocasión, por estar en lo habitual con mi jefe, terminé también cruzando palabras con el comunicador, entre frase y frase nos dijimos cosas feas, cosas que probablemente no sentíamos, todo porque nuestras creencias no eran las mismas. Porque a él en la Sabana le enseñaron un modelo de país y una forma de asumir el mundo y a mí en la Central otro. Porque en el colegio a mí me tocó el profesor que hacía parte del sindicato del magisterio y el que nos hacía preguntarnos a los 15 años la viabilidad del neoliberalismo y a él no. Porque mi abuelo fue amigo de Guadalupe Salcedo y liberal hasta los huesos y el suyo no. Caminamos por vidas diferentes, nuestra experiencia, nuestras lecturas, nuestros entornos nos llevaron a crear una postura que defendemos porque consideramos ‘correcta’. En ese momento yo no lo veía así.

Pero la vida da vueltas y el tiempo enseña. Unos meses después, el uribista pasó a ser mi nuevo jefe y la decisión de mi ascenso para estar en su equipo la tomó precisamente él. Porque más allá de mis convicciones políticas, vio en mí las capacidades que necesitaba para lograr los objetivos del área que lideraba. Yo dije SÍ feliz, pero con la inseguridad de que un día se nos prendiera la mecha y la cosa terminara mal.

Lo cierto es que ahora, después de varios meses de trabajo conjunto, de estar sentada a su lado y ser su coequipera entendí que los radicales de las columnas, los blogs, las redes sociales no han mirado al otro como la persona que es, simplemente ven el adversario.

“Bruto, insensible, inhumano… yo con mi súper intelecto sí entiendo y sí sé y usted no”. Dejan (y dejamos) los argumentos a un lado para juzgar al otro, aunque sea mi familiar o mi vecino.

Al final no construimos nada, peleando entre nosotros mientras el poder nos mira desde arriba con burla, jugamos a tener superioridad moral y entre tantos radicalismos erigimos más muros, tumbamos los puentes y creamos más odios.

Si yo no hubiese tenido la oportunidad de conocer a fondo al uribista confeso, no habría entendido que nuestras trincheras son distintas pero nuestra calidad humana no. Que yo no soy la buena o la mala de la historia. Simplemente transitamos por vías que en principio no debían cruzarse pero que en cierto momento, al comprender de verdad a la persona que se sienta a mi lado, podemos crear puntos de encuentro.

Imagen tomada de: www.semana.com

LO EXPRESADO POR EL COLUMNISTA NO REPRESENTA LA OPINIÓN DE EL PALIQUE REVISTA DIGITAL

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